¿Cuánto le cuesta a México no atender la salud mental de sus jóvenes a tiempo?

2026-06-07 23:35:42 - MUNDO

Durante años, la salud mental se abordó como un asunto privado. Algo que pertenecía al ámbito de la familia, la escuela o, en el mejor de los casos, al consultorio. Sin embargo, los datos muestran que esa mirada ya no es suficiente. La salud mental juvenil dejó de ser únicamente un tema de bienestar individual para convertirse en un desafío económico, social y de desarrollo para nuestro país.

México atraviesa una paradoja. Nunca se había hablado tanto de ansiedad, depresión, agotamiento emocional o bienestar psicológico. Al mismo tiempo, millones de adolescentes y jóvenes continúan sin recibir atención profesional. El problema no radica en la falta de conciencia; radica en la falta de acceso. El país cuenta con más de 38 millones de jóvenes, que, a pesar de representar a la generación más conectada, es también una de las más vulnerables emocionalmente, con altos índices de desesperanza, soledad y estrés.

Por ello, la pregunta que deberíamos hacernos no es cuánto cuesta atender la salud mental de las juventudes. La pregunta es cuánto le cuesta a México no hacerlo. Y la respuesta comienza en las cifras. De acuerdo con UNICEF, más del 50 por ciento de las y los jóvenes mexicanos ha necesitado apoyo psicológico y más del 70 por ciento afirma sentirse abrumado por el contexto actual. La incertidumbre económica, la sobreexposición a crisis globales, la violencia, la presión social y las expectativas sobre el futuro conforman una combinación que impacta de manera directa su bienestar emocional.

Con frecuencia, la discusión pública se concentra en las consecuencias más visibles: depresión, ansiedad, consumo problemático de sustancias, autolesiones o conducta suicida. Pero existe un costo menos evidente y quizá más profundo: la pérdida gradual del potencial humano.

Un adolescente que vive durante años con malestar emocional sin atención adecuada enfrenta mayores dificultades para concentrarse, aprender, construir relaciones sanas y desarrollar proyectos de vida. Una joven que abandona sus estudios por una crisis emocional no tratada a tiempo pierde oportunidades educativas y laborales. Un joven que normaliza la desesperanza puede dejar de visualizar posibilidades para sí mismo y para su comunidad.

Y cuando estos casos se multiplican por millones, el problema deja de ser individual y se convierte en un asunto de productividad, competitividad y desarrollo económico. La OMS estima que la depresión y la ansiedad generan pérdidas cercanas a un billón de dólares anuales para la economía global debido principalmente a la disminución de la productividad. Cada año se pierden alrededor de doce mil millones de jornadas laborales por causas relacionadas con estos padecimientos.

México suele debatir sobre pymes, innovación, educación, tecnología e inversión empresarial. Son conversaciones necesarias, pero pocas veces se habla del estado emocional de la generación que deberá sostener esos objetivos durante las próximas décadas. La fuerza laboral y los líderes del futuro hoy tienen entre 12 y 25 años. Son las personas que ocuparán puestos directivos, impulsarán emprendimientos, desarrollarán tecnología, atenderán hospitales, impartirán clases y construirán instituciones.

De ahí que pensar que la salud mental juvenil es un tema separado de la economía implica desconocer la manera en que se forma el capital humano.

Ningún país puede aspirar a elevar su productividad mientras una parte importante de sus jóvenes enfrenta ansiedad crónica, agotamiento emocional o desesperanza sin herramientas para afrontarlos. Más aún, resulta preocupante que la conversación siga centrada en la atención tardía. Durante décadas, los sistemas públicos y privados reaccionaron cuando la crisis ya estaba presente. Se atendió el punto de quiebre, pero no siempre las señales previas.

La evidencia global apunta en otra dirección: la prevención temprana, las redes de apoyo, la atención psicológica accesible y la reducción del estigma generan beneficios que trascienden el ámbito clínico. También fortalecen la permanencia escolar, la participación social, la empleabilidad y la capacidad de las personas para construir trayectorias de vida más estables. La salud mental no es únicamente la ausencia de enfermedad, es la capacidad de tomar decisiones, establecer vínculos, enfrentar adversidades y proyectar un futuro posible. Cuando esa capacidad se deteriora, también se debilitan las posibilidades de crecimiento colectivo.

Existe otro aspecto que rara vez aparece en las discusiones económicas: el costo de la indiferencia. Cada vez que un adolescente deja de pedir ayuda porque considera que la terapia es inaccesible; cada vez que una familia posterga la atención emocional por razones económicas; cada vez que una escuela o una organización minimiza el sufrimiento psicológico, el país pierde una oportunidad de intervenir a tiempo.

Y las oportunidades perdidas también tienen un costo.

La buena noticia es que esta realidad puede cambiar. Los jóvenes no están pidiendo soluciones imposibles. De hecho, estudios recientes muestran que desean hablar sobre salud mental, buscan herramientas para cuidarse y esperan que instituciones, gobiernos, empresas y organizaciones asuman un papel más activo en esta conversación. Por esta razón, la verdadera pregunta para México no es si puede permitirse invertir en salud mental juvenil; la pregunta es si puede permitirse no hacerlo.

Porque detrás de cada estadística existe una persona que intenta construir su futuro. Y detrás de millones de jóvenes que hoy necesitan ser escuchados se encuentra también el futuro económico, social y humano del país. Atenderlos a tiempo no representa un gasto, sino una de las inversiones más importantes que podemos hacer para las próximas generaciones.

*Mafer Olvera es fundadora y directora general de HOPE, la red y espacio de salud emocional especializada en adolescentes y jóvenes de 12 a 35 años.

Fuente: google.com
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