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Bajo los escombros, Colombia busca señales de vida. El país atraviesa por 48 horas cruciales, ya que es la ventana de tiempo que los expertos consideran fundamental para hallar sobrevivientes tras catástrofes de este tipo.
Equipos de emergencia, con la ayuda de policías, soldados y voluntarios, trabajaron toda la noche y continúan haciéndolo con excavadoras y, en ocasiones, a mano limpia, buscando personas con vida entre los escombros.
Alcaldes y gobernadores de Cali, Pereira, Chocó y Manizales reportaron alrededor de 1.600 edificios dañados o derrumbados.
En Cali, una de las ciudades más afectadas, los rescatistas llevan horas trabajando entre edificios reducidos a montones de concreto, viviendas partidas y estructuras que amenazan con venirse abajo. Durante la noche, policías, soldados, bomberos, miembros de la Defensa Civil y la Cruz Roja se sumaron a los voluntarios que excavaron incluso con las manos para intentar llegar hasta quienes quedaron atrapados.
La prioridad es clara: encontrar a los sobrevivientes antes de que el paso del tiempo convierta las heridas, la deshidratación o el agotamiento en una amenaza aún mayor. Las primeras 48 horas después de un terremoto son especialmente críticas para localizar a personas que puedan haber quedado atrapadas en espacios de supervivencia dentro de las estructuras colapsadas. Cada hora puede ser decisiva y cualquier operación debe equilibrar la urgencia con el riesgo de provocar nuevos derrumbes.
Cuando un edificio se desploma, el silencio puede convertirse en una herramienta de rescate. Antes de que las máquinas entren en acción, los equipos especializados buscan señales: una voz, un golpe, un teléfono, un movimiento entre los escombros. En ocasiones, basta un indicio mínimo para cambiar el rumbo de una operación.
"Aún tenemos fe"
Carmen Yasmin García, una voluntaria de 43 años, conoce de cerca esa mezcla de desesperación y esperanza. Su grupo logró rescatar a siete personas de un edificio derrumbado en Cali, pero todavía quedaban cuatro personas atrapadas y un perro.
"Hace un momento se oían rasguños, pero ahora no oímos nada. Aún tenemos fe en que el perro esté vivo y podamos sacar a estas personas", relató García.
La mujer pidió más herramientas y más manos. "Necesitamos gente con palos y palas; cuanta más gente ayude, mejor", dijo, consciente de que en una tragedia de esta magnitud la capacidad de respuesta depende también de la rapidez con la que puedan ampliarse los equipos de rescate.
Su testimonio resume lo que ocurre en numerosos puntos del país: debajo de los escombros no solo hay estructuras destruidas, sino familias que esperan. Afuera, quienes conocen a las personas atrapadas permanecen cerca de los lugares de búsqueda, pendientes de cualquier noticia.
En el barrio Ciudad Capri, en Cali, familiares se mantienen junto a los restos de un conjunto de apartamentos mientras los equipos concentran sus esfuerzos en localizar a quienes no han podido salir. En otros sectores de la ciudad, las escenas se repiten: casas inhabitables, paredes abiertas, muebles sepultados y calles convertidas en zonas de emergencia.
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Chocó, la región que rodea el epicentro del sismo, es una de las regiones más pobres y marginadas de Colombia, frecuentemente asolada por grupos armados en conflicto. Gran parte de este departamento, epicentro del sismo, solo es accesible por barco, a través de la selva o en avión. Se desconoce la completa magnitud de los daños en la zona. El nuevo presidente del país, Abelardo De la Espriella, viajó a Quibdó, capital de Chocó, en la noche del lunes y anunció la movilización de "todo el aparato militar y policial" para responder a la emergencia, desplegando ingenieros, rescatistas y perros de búsqueda.
"Chocó jamás volverá a ser la 'tierra de los olvidados'", afirmó. El terremoto representa la primera gran prueba para De la Espriella, quien juró el cargo el viernes. De la Espriella ha sido una figura controvertida debido a su promesa de una represión total contra los grupos criminales en la nación andina.
Las familias publicaron información sobre sus seres queridos desaparecidos en sitios web ciudadanos. Dana Carolina Zamora publicó una imagen de su tío desaparecido, Miguel Ángel Zamora, de 60 años, acunando a su perro. El agricultor vivía en una zona rural de El Cairo, cerca del epicentro del terremoto en San José del Palmar.
Las autoridades locales informaron que el 80% de El Cairo, una ciudad de aproximadamente 7.000 habitantes, sufrió daños. Zamora contó que su tío vivía en una casa tradicional de palos y barro.
"Tenemos miedo. Esperamos que no sea así, que esté bien y que solo se trate de un fallo en la comunicación. Pero no hemos tenido noticias suyas", indicó Zamora.
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En Pereira, otra de las ciudades duramente golpeadas, manzanas enteras quedaron convertidas en concreto pulverizado y estructuras de acero retorcido. El terremoto derribó edificios, obligó a evacuar viviendas y dejó a miles de personas fuera de sus casas.
Mónica Sánchez, propietaria de una pequeña empresa de uniformes de trabajo, estaba con sus 12 trabajadores cuando una pared de la fábrica se desplomó. Todos lograron salir a tiempo.
"Fue impactante; la ciudad se vino abajo a nuestro alrededor", recordó.
El alcalde de Pereira, Mauricio Salazar, habló ante los medios con la voz temblorosa y resumió el sentimiento de una población golpeada por la tragedia: "Esta ha sido una tragedia para toda la ciudad, para miles de familias. Pero aquí estamos, y seguiremos adelante con la ayuda de Dios".
La frase adquiere un significado especial mientras los equipos de rescate continúan trabajando. Porque en las primeras horas de una catástrofe, seguir adelante significa también no detener la búsqueda.
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El amanecer permitió ver con mayor claridad la dimensión de la devastación, pero también devolvió luz a los lugares donde durante la noche solo había sirenas, linternas y maquinaria pesada.
En las ciudades de Cali, Pereira y las localidades rurales afectadas, los rescatistas siguen entrando en edificios que parecen haber perdido toda posibilidad de vida. Lo hacen con cautela, escuchando, apuntalando estructuras, retirando escombros y avanzando poco a poco.
La ventana crítica no es solo una cifra en el protocolo de emergencia. Para las familias que esperan detrás de las cintas de seguridad, son horas interminables. Para los voluntarios, son jornadas sin descanso. Para quienes permanecen bajo los escombros, pueden ser la diferencia entre ser encontrados o quedar sepultados para siempre.
Por eso, mientras Colombia comienza a dimensionar la destrucción que dejó el terremoto, la operación más urgente sigue desarrollándose debajo de las ruinas. Allí donde una pared se convirtió en polvo, donde un edificio se dobló sobre sí mismo y donde las calles quedaron cubiertas de concreto, cientos de personas continúan buscando una señal.
Un sonido puede bastar, un rasguño, una voz, un golpe. Cualquier indicio de vida puede hacer que, entre los escombros de una tragedia, vuelva a abrirse paso la esperanza.
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Con Reuters y AP