LOS ESPÍRITUS SECUESTRADOS

La sombría ilusión de las sustancias
Hace 8 horas SOCIEDAD


La adicción no solo debe entenderse como una dependencia física, sino como un secuestro del espíritu y una esclavitud moderna. Él consumo de sustancias aliena al ser humano y erosiona su naturaleza esencial. La persona pierde el sentido de vida, la esperanza y, fundamentalmente, la capacidad de amar.

Existe un tipo de secuestro que prescinde de las cadenas, los sótanos y las cartas de rescate en la madrugada. Sucede a plena luz del día, en la rutina más ordinaria, mientras la víctima sigue caminando, respirando y conversando. Es el secuestro del espíritu: un fenómeno silencioso que se desencadena cuando la adicción toma el control absoluto de una vida.

En el folclore y la literatura antigua, la pérdida del alma solía atribuirse a pactos demoníacos o a encantamientos oscuros. El individuo vendía su esencia a cambio de un deseo inmediato: poder, riqueza o juventud. Hoy, las sustancias químicas operan bajo esa misma lógica arquetípica. Ya no prometen la eternidad, pero ofrecen algo igualmente seductor: la evasión instantánea del dolor, la anestesia del vacío y un chispazo efímero de euforia.

Desde la teología clásica, el ser humano fue concebido a imagen y semejanza divina (Imago Dei), dotado de libre albedrío, una dignidad intocable y vocación de trascendencia. Sin embargo, esa misma tradición nos advierte que el pecado actúa como una fuerza opresora que aliena al hombre de su Creador y de su propia naturaleza. La adicción es la encarnación contemporánea de esa esclavitud espiritual. San Pablo recordaba que el cuerpo es templo del Espíritu, pero la adicción lo profana: los anhelos nobles de amar, crear y buscar la verdad terminan sustituidos por una liturgia obsesiva y repetitiva en torno a la dosis. Así, la libre voluntad —el mayor don otorgado al ser humano— queda sometida a una tiranía

neuroquímica donde la persona ya no elige, sino que responde en automático a una fuerza que la desborda.

Este desmantelamiento interior no ocurre de golpe. Al principio, la sustancia entra como una visita cordial que ofrece refugio. Con el tiempo, transforma por completo la arquitectura de la mente. Los deseos auténticos son desplazados por una urgencia tiránica; la memoria familiar, los valores éticos y la empatía quedan relegados al fondo. El espíritu no se extingue, pero permanece encarcelado en una celda de hábitos. Incluso la percepción del tiempo se distorsiona, fragmentándose únicamente en dos estados: la búsqueda ansiosa y el letargo posterior. Como señalaba el filósofo Byung-Chul Han al reflexionar sobre las servidumbres modernas, la exigencia de gratificación inmediata termina por vaciar la interioridad del sujeto. Con la droga, ese vaciamiento es literal: el cuerpo permanece, pero el dueño de casa ha sido expulsado.

¿Qué es, entonces, lo que pierde el hombre para que se apaguen en él la voluntad y la capacidad de amar? Se pierde, en primer lugar, el sentido de propósito: sin un rumbo claro, la vida se reduce a la mera supervivencia o a la inercia. Se pierde también la valentía de ser vulnerable y asombrarse, levantando muros defensivos que, con el pretexto de evitar el sufrimiento, terminan por anestesiar el afecto. Por último, influyen el desgaste cotidiano y la pérdida de la esperanza; cuando se apaga la fe en que las cosas pueden cambiar, la apatía se instala y la persona deja de creer que sus actos marcan alguna diferencia.

En última instancia, la adicción arrebata el don más profundo de la existencia: la capacidad de entregarse y de recibir al otro. Recuperar la verdadera libertad exige mucho más que superar la dependencia física; requiere reconstruir el propósito, reencontrar la esperanza y restaurar la dignidad esencial de la Imago Dei, devolviéndole al ser humano la posibilidad de amar y ser amado.

Prof. León Chancalay

“Ciudad de la Miel - Tierra de Encuentros”

San José de Metán – Salta – Argentina


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